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Los ancestros cotidianos del maíz.

Con frecuencia escuchamos, casi siempre maravillados, relatos sobre el valor y la importancia del maíz en las culturas ancestrales de Mesoamérica, tanto así que en muchas cosmovisiones está vinculado con una deidad o es deificado en sí mismo: mientras que para la cultura zapoteca el maíz es el dios de la comida abundante, para los mayas el humano fue creado a partir de él, entre otros tantos mitos fascinantes, pero demasiado intangibles y remotos para ubicarlos en un presente tan tecnológico y moderno. O, al menos, eso creemos. ¿En verdad es tan lejano el ancestro del maíz que no tiene cabida en el hoy?

Para Ixhua, niña protagonista de la obra, el maíz no sólo había perdido su valor simbólico y ancestral, sino que apenas era el más cotidiano de los sustentos, hasta que se volvió parte crucial de la pesadilla que empezó a vivir: la ensañada burla por su piel morena, mejillas cenizas, combinada con la tradición familiar de cultivarlo en milpas para venderlo. Abrumada por esa herencia que considera tan vergonzosa, Ixhua incendia todos los cultivos familiares. Ella sobrevive gracias a que logra refugiarse en la cueva Coxcatlán, que ostenta la magia de tener los vestigios más antiguos de ofrendas y alimentos de maíz que superan los 30 mil años; el ancestro del maíz le otorga otra vez una oportunidad de vida. En esa misma cueva, pero desde su dimensión onírica, conoce a Chantico, antigua deidad dedicada al fuego del hogar; juntas se disponen a recorrer los 4 reinos ancestrales del maíz, con la promesa de recuperar el verdor de las milpas y el calor del corazón.

Acompañando a Ixhua y Chantico, el público también irá (re)conociendo las diferentes significaciones ancestrales para cada tipo de maíz. El rojo es con el que se hace el atolli, bebida que devuelve la vitalidad al cuerpo y la memoria a la mente, permite seguir adelante a pesar de todo. El amarillo es con el que se preparan los tamalli, primer alimento otorgado por los dioses, y que simboliza las emociones, sobre todo la valentía de perdonar y reconciliarse con uno mismo. El blanco, izquitlj, procura alegría, pero también la cautela y audacia de saber controlarla para no perderse en ella. Y el negro, con la tortilla y la tlaxcalli, que representan el abrazo de aceptarse y quererse a uno mismo.

De a poco vamos descubriendo que los ancestros no son relatos lejanos de una antigua cosmovisión ni un ornamento cultural. No. Estos ancestros se mantienen aquí, conviven con nosotros en nuestro día a día, nos acompañan en el calor de nuestro hogar y brindan el sustento cotidiano en todos los alimentos. Somos hijos del maíz y del fuego; aún nos mantenemos vivos gracias a su invaluable cercanía.

A la par de este emocionante viaje por las regiones ancestrales, que nos vinculan íntimamente a nuestra realidad, también vemos a Ixhua reconociendo sus heridas por el bullying sufrido en el colegio, y el error de enfrentarlo con más dolor y mentiras, dejándola reducida a cenizas en varios sentidos. Pero también descubre que, con el calor, el amor y la guía adecuada, como el que le brinda su abuela, hasta de las cenizas pueden renacer las milpas y el anhelo en los hogares. No es tarea fácil, pero vale toda la pena conseguirlo.

De esta manera, a nivel discursivo la obra logra conjugar diversas problemáticas actuales relevantes, como el bullying en los niños, cuyos efectos merecen ser considerados con gran lucidez intelectual, pero también con la mayor de las empatías y de las responsabilidades emocionales. Así, junto a Ixhua comprendemos que no se huye del dolor con una mentira, sino que se le enfrenta con la verdad y el amor que brinda un hogar seguro; y quizá lo más importante de todo: saber perdonarse, quererse y transformase a uno mismo. Incluso en el mayor de los incendios y con las cenizas volviendo irreconocible al mundo, siempre tendremos una semilla propia, cuyas raíces nos llevan hasta nuestros seres amados, para salir adelante.

La obra está lejos de agotarse en lo textual: el desarrollo escénico, propuesto por su director y dramaturgo Josué Almanza, es eminentemente lúdico con efectos lumínicos y sonoros envolventes, producción visual llamativa y corporalidades animadas con influencias de la técnica clown para mantener la atención de la audiencia a través de la interacción. Así, “Ixhua, mejillas cenizas”, producido por Teatro Escarlata, destaca por ser un proyecto para públicos de la tercera infancia, abarcando la reflexión sobre problemáticas sociales, emotividad de las relaciones humanas, reconocimiento de los ancestros culturales en la cotidianidad y el teatro como herramienta lúdica de invaluable impacto social.


Por Roberto Jiménez.

Octubre 2023


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